Nadie se salva solo

Actualizado: 25 de jul de 2019


En su libro "Los patitos feos", el francés Boris Cyrulnik, habla de la resiliencia, término que él aplicó por primera vez al psiquismo humano y que se refiere a la capacidad de volver a la vida después de haber sufrido un trauma psíquico. Siendo él mismo un sobreviviente del Holocausto, Cyrulnik se convirtió en su adultez en neurólogo, psiquiatra, psicoanalista y etólogo, trabajando con niños y adultos refugiados y víctimas de todo tipo de catástrofes naturales y sociales.

Según él, todos tenemos la capacidad de resiliencia, sin embargo, no todos logramos desarrollarla. Lo que él descubrió, y creo que este es uno de los puntos más interesantes de este concepto, es que en todos los casos que estudió, siempre había una persona (madre, padre, abuelos, profesores, etc.) que en un momento de la vida -cuanto más temprano mejor- había establecido algún tipo de vínculo con ese niño y, a veces incluso con un par de palabras, habían podido ayudarlo a cambiar el curso de su historia. Una frase de aliento, una mirada de aprobación o de orgullo, una muestra de interés pueden, en ocasiones, hacer un mundo de diferencia en una mente traumatizada. A estas personas las llamó "tutores de resiliencia".

Quiero recalcar la importancia que tiene el vínculo en la sanación. Está comprobado que la soledad es nociva para la mente humana y que los procesos evolutivos individuales requieren siempre de un entorno familiar y/o social para desarrollarse sanamente. La gente aislada socialmente tiene mayores probabilidades de enfermarse a nivel físico y, muy especialmente, a nivel psicológico. Esto sucede porque al haber menos interacción con la realidad externa (los otros), la persona queda a merced de su propia imaginación y su mundo interno. Y el mundo interno suele albergar temores y angustias que a veces pueden alcanzar dimensiones terroríficas. La mejor manera de "exorcisar" esos "demonios internos" es contrastando las fantasías con la realidad. Y eso se hace saliendo al mundo y vinculándose con otras personas. Cuanto más interactúo con el ambiente, más puedo relativizar mis ideas, ser más objetiva y menos rígida porque puedo aprender de los puntos de vista y de las conductas de los demás.

Ojo que no estoy diciendo que sea malo estar solo. La soledad está muy bien siempre y cuando pueda elegirla y abandonarla en el momento en que yo quiera. Quizás lo más apropiado sería decir que lo nocivo no es la soledad sino el aislamiento.

Y el gran problema de los traumatizados es que ,generalmente, no pueden compartir su experiencia desgarradora con otros, que no pueden hablar, que están forzados a guardar silencio, que sienten vergüenza de sí mismos. Además, tienden a ser aislados por el resto.

Por eso es fundamental que haya al menos una persona que esté dispuesta a escucharlos o que los quiera por el sólo hecho de existir. Puede ser un cura, un rabino, un terapeuta, un vecino, un maestro, un amigo, una pareja.

Todos tenemos el potencial de cambiar nuestras vidas y las de otros. Pero para eso, hay que poder abrirse al otro y eso puede dejarnos en una situación vulnerable: podemos ser heridos, abandonados, incluso re-traumatizados.

O, y este es un gran O, podemos dejar de ser sobrevivientes y empezar a vivir.


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