Mindfulsex




Resulta que una vez estuve en una charla interesantísima que dio un rabino muy top, dedicado al mindfulness judío, una práctica en la que, resumiendo, integra las plegarias y preceptos judaicos con la meditación. Debíamos ser unas cien personas en una sala no muy grande. Mi amiga y yo conseguimos sentarnos en un rincón, sobre un mostrador. En un momento, ella sacó un paquete de chicles y, a pesar de que rara vez los como, le pedí uno. En eso, el rabino propuso un ejercicio:

"Sentados con la espalda derecha, lo más cómodos posible, cerramos los ojos e inspiramos profundo..."

Hmmm, espalda derecha, empezamos mal.

Intento acomodarme, cierro los ojos, inhalo con ganas ¡y me trago el chicle!. Mi mente empieza a correr, vertiginosa, a 10.000 x hora, dando alaridos. Ideas, voces e imágenes se suceden sin tregua como si fuera una película sin editar. Me veo simultáneamente adentro y afuera de mí misma pero, más que nada, me escucho.

¡Me voy a morir, se me va a cerrar la tráquea, voy a morir acá encerrada, quiero vomitar, nonononono, no puedo salir, va a ser un papelón, no vomites, qué hago, me voy a morir, cómo salgo, no podés saltar arriba de la gente... !

"... y nos imaginamos a Moisés en el desierto, contemplando con asombro la zarza ardiente..."

... concentráte Gisela, tratá de respirar, cómo puede ser que nunca puedas dejar la mente en blanco?.

Inspiro pero me duele la garganta.

... el chicle, no baja, lo habré tragado, y si se me queda pegado en el estómago, cuando le cuente a D se va a cagar de risa, le voy a preguntar si me puedo morir de esto...

Por supuesto, me empieza a doler la espalda porque hace rato que no la tengo apoyada.

"...y la zarza arde y no se consume y Moisés escucha una voz que lo llama, ¡Moisés! y él responde, aquí estoy... y ahora nos vemos a nosotros mismos en el lugar de Moisés y contemplamos asombrados ese fuego que arde pero no consume..."

Y, para peor, me vuelve el dolor de muela de la mañana.

¡Basta, concentráte, no duele, dejáte de joder!

Por si fuera poco, siento que me aprietan los pantalones.

¡Respirá Gisela, la mente en blanco nena, ay el maldito chicle, la espalda, fucking pantalón, me aprieta, tengo que salir, por favor que se termine, me mueroo... !

"ahora, despacito, vamos abriendo los ojos..."

UFFFF.

Miro a mi amiga y me río sola. El resto sigue en silencio, escuchando con atención al rabino. Me gusta lo que dice, pero no veo la hora de salir.

Se me ocurre que este mismo tipo de anécdotas, las escucho todo el tiempo de mis pacientes en terapia sexual. Tanto en hombres como en mujeres, los relatos se parecen mucho: están en la cama con alguien, desnudos, empieza el juego, se embarcan en él y en un segundo, pafff! Desconexión. La mente a full: no voy a poder, ¿y si se despierta alguno de los chicos?, no me excita, tendría que haberme depilado, ¿tendré mal aliento?, no le debe gustar lo que hago, no le gusto, no lo/a excito, tengo que aguantar más, ¿por qué no acabo?...

Los contenidos varían, pero el factor común es la interferencia de la mente. A veces, las personas no llegan ni siquiera a entrar a la cancha, porque se someten a aquella voz interior (a la que suelo llamar la bruja o el verdugo) que les asegura que el partido ya está perdido, que no van a poder, que es mejor no exponerse a más frustraciones. Están anticipando con ansiedad, algo que podría o no ocurrir en el futuro, pero que para ellos es una certeza y no una mera posibilidad. Y, lamentablemente, muchos caen en la desesperanza.

Me parece que para disfrutar del sexo (y de muchas otras cosas en la vida) hay que dejar que aparezca tu voz interna amorosa. Ella suele ser portadora de la pizca de optimismo que te permite creer que te merecés pasarla bien y también te acoge con su compasión, para que te perdones si las cosas no resultan como esperabas. Es la que te da la suficiente confianza en vos mismo/a como para que pienses que lo que no funciona hoy, funcionará la próxima vez. Esa voz amorosa se llama autoestima. Muy pronto te voy a hablar de ella.

Volviendo al acto sexual, este requiere de suspender el juicio crítico, noquear al menos por un rato al castigador que te quiere aguar la fiesta, poner la mente en blanco, dejarte llevar por las sensaciones y sentir cómo se esparcen por cada rincón del cuerpo. Hay que acallar la mente.

En este sentido, el sexo sería como una forma de meditación en la que se produce una conexión con uno mismo, pero también con el otro. Para eso, es imprescindible entregarse, soltar el control, estar presentes aquí y ahora.

Ah, y lo más importante, hay que soltar el chicle.



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