Las dos pandemias



Hoy que casi todos nos volvimos germofóbicos, ansiosos, depresivos, claustrofóbicos, agorafóbicos y paranoicos, podemos entender mejor la pesadilla de quienes viven a diario con el miedo a la catástrofe inminente: los que se lavan las manos compulsivamente, los que tienen crisis de pánico cuando están en el Metro, los que evitan salir de sus casas por temor a que algo malo les pase, los que viven sin esperanzas de que mañana sea mejor. Y también el dolor de los que sufren de soledad.

Hoy nos damos cuenta de que se necesita de un cierto monto de negación y omnipotencia para decir "nos vemos mañana", pero también comprendemos que sin esos mecanismos defensivos, no podríamos sobrellevar la incertidumbre de vivir sabiendo que tenemos fecha de expiración.

Ahora bien, ¿qué pasa cuando la realidad confirma nuestros temores más profundos y atávicos: a la pobreza, a la enfermedad y a la muerte? ¿Qué pasa cuando el miedo que considerábamos exagerado e irracional, se transforma en conciencia de un peligro tan invisible como real? Cada persona transitará por esta cuarentena de acuerdo a su estado de salud, pero también enfrentará los retos que este virus impone según su historia de vida, su personalidad y el tipo de vínculos que mantenga con los demás y consigo mismo. Tal vez la diferencia esté en que la mayoría de nosotros tiene fe en que esto pasará, que no será para siempre.

Para unos, esta será la continuación de un estilo de vida más solitario o casero, de auto-confinamiento por opción y para otros será una mal sueño en el cual se sentirán como prisioneros condenados al aislamiento y al encierro. Algunos quizás podrán conectarse consigo mismos y bancarse lo que ven. A otros se les hará más patente todo aquello que les molesta de sí mismos, de sus parejas, padres, hijos o roommates o, al revés, descubrirán aspectos positivos -propios y ajenos- que antes habían pasado desapercibidos.

No hay recetas. Lo que funciona para unos, no funciona para otros.

Quizás el gran desafío hoy sea el de tener que ir en contra de nuestra naturaleza como humanos. Somos seres gregarios, sociales e interdependientes. Necesitamos vincularnos con otros humanos para sobrevivir.

Hoy que se nos pide evitar el contacto con otros porque representan un peligro para nuestra supervivencia, nos damos cuenta de nuestra vulnerabilidad y de cuánto dependemos de los demás.

Nada como una prohibición para despertar el deseo. Ahora que nos exigen evitar al otro, descubrimos que lo necesitamos más que nunca, extrañamos su abrazo y su cercanía física. Ahora que no nos queda más que el contacto virtual, valoramos aquello que habíamos comenzado a desestimar. Es la paradoja de un mundo moderno en el que se propicia y ensalza como valor supremo la independencia y la individualidad, en el cual el sentido de la vida en comunidad se ha debilitado. En este momento de nuestra Historia sabemos que la soledad mata más personas que la guerra, el hambre y las pestes. Quizás este sea el momento de darnos cuenta de que para sobrevivir, tenemos que aprender a convivir.

Entonces, como toda crisis, esta puede vivirse como una catástrofe o como una oportunidad, pero para que esto último suceda, es necesaria una buena cuota de esperanza mezlada con creatividad y valentía, pero sobre todo y más que nunca, el mejor antídoto -tanto para el Coronavirus como para la soledad- es la solidaridad.


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