Elephant Polo en Sri Lanka




I.

Cada prenda perfectamente doblada se acomodaba y encajaba con las otras como en un rompecabezas. Empacar era un arte que Adrián había ido perfeccionando en los últimos tres años de viajes mensuales a Buenos Aires. Como de costumbre, la maleta había quedado abierta desde la noche anterior, a la espera de sus pasajeros de último minuto: las pantuflas y el cepillo de dientes.

Aquella madrugada de abril, Adrián puso especial cuidado en hacer el menor ruido posible para no despertar a su esposa. Entre bostezos, entró al baño y se duchó. El último chorro de agua fría activó su circulación dotándolo de un vigor inusitado. A medida que el vaho se diluía, el espejo develaba el rostro de un cuarentón de ojos verdes, mandíbula cuadrada y nariz levemente torcida hacia la derecha. Deslizó los dedos por su frondosa melena castaña peinándola hacia atrás y constató con alivio que aún no tenía canas. 

Salió del baño y entró al vestidor. Dio una rápida inspección y sonrió satisfecho: los trajes colgados por colores, las camisas de trabajo separadas de las de salir, los zapatos lustrados y en fila. Una banqueta de cuero y un espejo de cuerpo entero completaban el cuadro del único lugar de la casa que sentía como verdaderamente suyo. Tal vez porque en aquel espacio de estantes y cajoneras de madera opaca se respiraba un olor masculino que, en una casa de puras mujeres, sólo podía pertenecerle a él.

Se vistió sigilosamente y, justo cuando se estaba poniendo el saco, lo sobresaltó el zumbido de su celular avisándole de la llegada del taxi. 

Una vez más, repasó mentalmente la lista del equipaje de mano: tarjeta de embarque, documentos, notebook, presentación para el Directorio, carta de renuncia.

Besó mecánicamente la mejilla dormida de María Paz, cerró su valija, se echó al hombro el maletín y abandonó aquella habitación con el alivio de quien por fin ha tomado una decisión.

II.

Adrián se instaló en un rincón del salón VIP del aeropuerto de Santiago munido de una taza de café, una medialuna y el diario del día. Lo hojeó sin mucho interés y, al poco rato, lo depositó en la mesita lateral justo en el momento en que un hombre se le acercaba sonriendo.

-¿Te puedo robar el diario?- dijo el desconocido con acento argentino y, sin esperar la respuesta, se apoderó del periódico y se sentó en el sillón de enfrente mientras Adrián todavía asentía tardíamente.

Alguien anunció el retraso del vuelo a Buenos Aires. El desconocido golpeó el diario sobre sus rodillas, lo miró con vehemencia y le dijo: -¡Ya es la segunda vez que me pasa!. ¡Estos hijos de puta me tienen re podrido!. ¿Vos también vas en ese vuelo?.

-Sí- respondió Adrián, turbado ante la intensidad del argentino. Parece que vamos a necesitar más café- agregó mientras se levantaba del sillón, embargado por una repentina necesidad de tomar distancia de aquel hombre. ¿Por qué había dicho “vamos”?, se preguntó y sintió un ardor en sus mejillas.

-Yo voy- respondió el otro y se encaminó resueltamente hacia la barra. 

Volvió a sentarse y se dedicó a observarlo mientras se alejaba. Debía tener unos 35 años, era esbelto, más alto que Adrián y más atlético. Llevaba el pelo enmarañado, largo hasta poco más arriba de los hombros y se movía con la gracia de quien se siente cómodo en su propia piel. Vestía una remera celeste y blanca tipo polo que dejaba entrever un torso musculoso, un par de jeans que le calzaban a la perfección y zapatillas Armani. 

Mientras el argentino volvía con dos tazas humeantes en las manos, Adrián estudió su rostro curtido por el sol. Supuso que debía ser descendiente de italianos por sus ojos negros, la nariz recta, tez oliva y labios gruesos. 

-Dicen que el vuelo va a salir dentro de una hora- comentó el extraño con el ceño fruncido.-Me llamo Marcelo- sonrió, al tiempo que le ofrecía una taza como si el enojo se hubiera disipado junto con el humo del café.

-Adrián- respondió él, tomando la taza entre sus manos como si fuera radioactiva. Por alguna razón sus sentidos parecían haber entrado en estado de alerta.

-Tengo un amigo que trabajó en tu empresa- declaró Marcelo con una sonrisa enigmática.

-¿Cómo sabes en dónde trabajo?- preguntó alarmado.

-No te asustes- rió mostrando sus dientes perfectos. -No soy adivino. Vi el logo en tu maletín. Mi amigo se llama Joaquín Estévez, lo conocés? 

-Ah, verdad. No lo conozco. Y tú, ¿a qué te dedicas?- preguntó Adrián, procurando demostrar menos alivio del que sentía.

-Soy jugador de polo. De hecho, acabamos de arrasar con tus compatriotas. No quedaron muy contentos en realidad- sonrió con picardía. 

Y sin más, se lanzó como al galope a contarle que era soltero, que viajaba mucho y que vivía en el exclusivo barrio de San Isidro. Continuó con una seguidilla de anécdotas que Adrián escuchaba encandilado y en silencio, cada vez más convencido de que su vida pedestre de ejecutivo nada tendría de interesante para aquel personaje. 

-...¡y no sabés las caras de los gallegos cuando mi elefante se puso como loco y se les tiró encima del bus! El entrenador gritaba: cogedlo, coño, cogedlo!. Yo ya me veía debajo de las patas del bicho que, entre paréntesis, aplastó mi taco. ¡Creí que me mataba! No me preguntes cómo hicieron para pararlo...Y el tema es que los del equipo español armaron tal quilombo que, a partir de ese momento, prohibieron el Elephant Polo en Sri Lanka- concluía el porteño mientras ambos de desternillaban de la risa. 

Una vez en el avión, Adrián observó impresionado cómo con tan sólo unas pocas palabras susurradas al oído, una sonrisa y un guiño, Marcelo lograba que el jefe de cabina los sentara juntos en un avión que iba lleno. 

III

Salieron de aquel teatro del underground porteño a las 11.30 de la noche. Adrián, que jamás había visto una obra que le pareciera más extraña, ni siquiera tenía claro si le había gustado o la había detestado. Para él, la única realidad indiscutible de aquella noche había sido la feroz erección que se le instaló desde el momento en que, a mitad del show, Marcelo le susurró algo al oído. Adrián volvió su rostro hacia él para preguntarle qué le había dicho y Marcelo, sin darle tiempo a reaccionar, tomó su cara entre sus manos y lo besó.

Comenzó a mirar a diestra y siniestra, aterrorizado de que alguien los hubiera visto, pero todas las cabezas apuntaban hacia el escenario. Marcelo había elegido la última fila y ahora Adrián entendía por qué. Por momentos, lo invadían oleadas de sudor, le parecía que moriría, que no resistiría la intensidad de aquella corriente de sensaciones. No podía pensar ni podía dejar de pensar. Creyó que se volvería loco, que se desmayaría, que su corazón se pararía ahí mismo. Entre tanto, la mano de Marcelo ya se había hecho cargo de su erección y no dejaba de acariciarlo cada vez con más vehemencia, al tiempo en que su lengua seguía entrelazándose con la suya. Cuando Adrián acabó, Marcelo le tomó la mano y lo hizo bajarle el cierre de sus jeans. Adrián obedeció como si hubiera estado en trance y comenzó a hacer lo que se esperaba de él. 

Minutos más tarde, Adrián lo miró totalmente desconcertado. Marcelo exclamó ¿qué me mirás así?, me pareció que necesitabas una mano- y, luego de soltar una risotada, le estampó un sonoro beso en la mejilla y le pasó un pañuelito de papel que sacó de quién sabe dónde. Adrián tomó el tissue y se precipitó hacia el baño justo en el momento en que las luces volvían a encenderse. Se encerró en uno de los cubículos, agradeciendo que el lugar estuviera vacío, y comenzó a limpiarse como si en ello se jugara la vida. Se lavó vigorosamente las manos con jabón, se secó y fue en busca de Marcelo. Luego de unos minutos de espera infructuosa, de buscarlo inútilmente con la mirada en ese hall penumbroso que se iba vaciando, salió a la calle, caminó con paso cansino hacia la avenida más cercana, paró un taxi, se desplomó en el asiento trasero y, acto seguido, escondió la cabeza entre sus manos, cubriendo sus orejas como si quisiera acallar las voces que clamaban que todo estaba perdido. 

Pasó el último día en Buenos Aires de reunión en reunión y volvió a Santiago a la medianoche.

IV

A la mañana siguiente, parapetado tras El Mercurio, tomó la taza de café que María Paz le ofrecía sin poder mirarla a la cara. Apenas si logró aventurar un tímido gracias cuando ella depositó ante él un plato con una marraqueta tostada rebosante de su mermelada favorita.  

La espió mientras preparaba las colaciones de las niñas, enfundada en su bata de seda, diligente como siempre, eficiente en cada movimiento. Nunca dejaba que la empleada preparara el desayuno. Su melena rubia de pelo lacio le llegaba hasta poco más abajo del cuello. Era más baja que Adrián, tenía un cuerpo esbelto -tal vez algo menos firme ahora en sus cuarenta que cuando la conoció- pero aún así, su físico hacía justicia a las horas de sudor en el gimnasio y las mañanas de running con sus amigas. 

Sus rasgos eran delicados, la cara ovalada, los ojos negros almendrados que le daban un toque exótico, la nariz recta terminada en punta, producto de una cirugía estética cuando tenía apenas 18 años. Había algo lacónico en su mirada, una especie de tristeza profunda que parecía arrastrar aún cuando sus labios se curvaban en una sonrisa que rara vez alcanzaba a llegar a los ojos. Todavía le parecía bonita. Sólo bonita, con la tibieza que aquel adjetivo era capaz de evocar. 

-¿A qué hora llegaste anoche?- preguntó ella, mientras se sentaba frente a él, en su asiento de siempre, con su café y su infaltable tazón de yoghurt light con cereal. 

-Tarde. Para variar, el vuelo se atrasó.

-Sí, me pareció sentirte llegar pero creí que estaba soñando. ¿Cómo te fue?.

-Bien. Mucho trabajo, como siempre- contestó él y salió de allí, argumentando que estaba apurado.

Pasó la mayor parte del tiempo encerrado en su oficina. Evitó el contacto con la gente de su equipo al punto en que, a la hora del almuerzo, le encargó un sandwich a su secretaria y lo comió a solas en su escritorio. 

Intentó concentrarse en su trabajo, pero su mente nadaba entre la realidad y la fantasía como un delfín que, predestinado por su naturaleza a vivir entre el agua y el aire, es incapaz de permanecer demasiado en un mundo o en el otro. El día transcurrió entre planillas de cálculo, viajes imaginarios a Sri Lanka y el recuerdo del perfume de Marcelo.  Polo Blue Sport. 

Adrián esperó hasta que las oficinas quedaran vacías y envió un whatsapp a su esposa avisándole que llegaría tarde. Cerró su puerta con llave, bajó las cortinas y pasó el siguiente par de horas navegando por internet. Luego de una minuciosa búsqueda, anotó unos datos en su celular, camuflándolos bajo nombres falsos. Intentó llamar al primer número pero apenas escuchó el tono de marcado, entró en pánico y cortó. 

Le tomó dos semanas reunir el coraje para realizar la llamada. 

V

Con un ojo entreabierto y el otro cerrado, Adrián estiró el brazo hacia la mesita de luz y apagó la alarma del celular. Se sentía agotado, le pesaban los ojos y tenía dolor de cabeza. Giró sobre sí mismo y, tendido boca abajo, hundió la cabeza en la almohada. 

Supo en dónde estaba y qué había sucedido la noche anterior apenas percibió el perfume. Polo Sport mezclado con olor a alcohol sólo podía significar una cosa. Una vez más, la agencia había cumplido con todos sus requerimientos. 

Se levantó y entró a la ducha con paso tambaleante. El último chorro de agua fría logró despabilarlo por completo. A través del vaho en el espejo se le apareció un cuarentón de mandíbula cuadrada, nariz levemente torcida hacia la derecha, ojos verdes cercados por arrugas y ojeras pronunciadas. 

Se vistió, tomó su computadora y bajó a tomar el desayuno. Salió del hotel y caminó un par de cuadras por Puerto Madero hasta llegar al edificio vidriado en el que pasaría el último día de su estadía en Buenos Aires. Trabajaría como siempre, sabiendo que volvería al mes siguiente, y al otro y al otro, y que en cada viaje buscaría lo mismo que en el anterior. Sabiendo que su vida podía resumirse en unas pocas palabras: Santiago, Sri Lanka y Buenos Aires. Elefantes y delfines. 

Antes de entrar, tomó su celular y marcó uno de los números camuflados. Una voz que, a esta altura ya le resultaba familiar, respondió: Male Escorts Argentina, buenos días, en qué le puedo ayudar?


Gisela Fischman

Santiago de Chile, Octubre de 2014

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