El que no llora, no mama



Por alguna razón, las personas tendemos a confundir el cariño con la lectura de pensamientos. Una paciente con vaginismo que aún no ha logrado "consumar" su matrimonio de cuatro años, se queja de que el marido no la busca para intentar tener relaciones. Han avanzado, pero aún no han logrado la penetración debido al dolor de ella. Ella se enoja y se frustra, dice que todo el esfuerzo se lo lleva ella, que él no hace nada para ayudarla en su proceso, que él tendría que estar siempre disponible tanto para tratar de "hacerlo" como para aceptar cuando ella no quiera que la toquen. Sin embargo, sumergida en su pena y su rabia, se olvida de que él lleva años aguantándose las ganas de penetrarla, que ha tenido una paciencia titánica y que ella lo ha rechazado tantas veces y con tanta dureza que él, a esta altura, tiene temor a ser rechazado de nuevo. A pesar de todo, ella aún espera que él sepa exactamente cuándo buscarla, cómo tratarla y qué hacerle. Todo sin que ella tenga que decirle nada. Porque si tiene que pedírselo, ya no vale. Tiene que surgir espontáneamente de él, si no, no sirve. Él debería adivinar cuándo ella tiene ganas y saber cuándo le duele. En definitiva, él debería leerle la mente. Y si no lo hace, significa que no la quiere.

¿Te suena conocido?

Existe una creencia, más o menos generalizada, de que las madres tenemos poderes telepáticos: mágicamente sabemos distinguir cuando el bebé llora por hambre, por cólicos o por sueño. Sin embargo, la realidad es que las madres tenemos una antena muy refinada y una percepción muy aguda orientada hacia nuestro bebé, la cual hace que seamos capaces de leer y decodificar con bastante grado de certeza los mensajes que éste nos envía. No es que seamos telépatas: es que prestamos mucha pero mucha atención. Y aún así, nos equivocamos mil veces. ¿Por qué? Porque no estamos dentro de la cabeza de nuestro hijo.

¿Será esa creencia en que el amor es Todopoderoso la que, de grandes, nos hace esperar que nuestras parejas nos lean la mente? ¿Será eso lo que nos deja en la posición pasiva de esperar a recibir sin tener que pedir? ¿O será la falsa ilusión de dejar de ser dos y convertirse en una unidad: dos personas, una sola mente?

El marido de mi paciente la ama con locura, sin embargo, no es vidente y está tan frustrado como ella. Y tampoco sabe qué hacer. Ambos se deben una conversación honesta en la cual cada uno se haga cargo de sus deseos y de cómo pedir lo que necesitan.

Y esto vale para todos.

En algún momento de la vida hay que asumir que el que no llora, no mama.

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